VIAJEROS ESPAÑOLES EN RUSIA Y LA URSS

Andreu Navarro

Escritor e historiador

Miércoles, 13 Diciembre, 2017

La rusofilia española ha tenido una dilatada tradición y a lo largo del siglo XIX y hasta comienzos del XX periodistas, poetas, maestros, historiadores, sindicalistas, militares, sacerdotes, aventureros, magnicidas o simples curiosos visitaron o vivieron en Rusia, para los cuales significó un espejo en el que mirarse. En la década de los años veinte y treinta del siglo pasado, el viaje a la URSS se puso de moda y los españoles regresaban de las «romerías a Rusia» cantando las maravillas de la eficacia de la Revolución. Para escritores e ideólogos de distintas tendencias políticas, la Unión Soviética se convirtió, pese a la dictadura, en un referente indiscutible de impulso modernizador y despertar cultural y económico. No fue hasta la llegada de la Guerra Civil cuando se dividió la opinión de los españoles sobre el estado soviético: para un bando, la URSS representaba el paraíso de los obreros de todo el mundo; para el otro, se trataba de un lugar infernal dirigido por tiranos sangrientos.

¿Qué buscaban tantos intelectuales en el nuevo país? ¿Qué buscaban tantos catalanistas (Valls i Taberner, Macià, Rovira i Virgili) en las leyes soviéticas? ¿Cómo fue la infancia y la formación de los niños de la guerra que huyeron a la URSS desde España en 1937? ¿Cómo vivieron allí sus hijos y nietos en los años 60 y 70? ¿Cómo se devoró a sí mismo el Partido Comunista Español entre Moscú y París? ¿Cuál fue el destino de los republicanos españoles atrapados en el Gulag? ¿Cómo y por qué fueron a combatir el comunismo miles de soldados españoles, en pleno franquismo?

Antes de la revolución marchan a Rusia militares (Juan Van Halen), ingenieros (Agustín de Betancourt) o diplomáticos (Juan Valera), y también algún sacerdote (Jacint Verdaguer). Personas que podían conectar con la cúpula zarista sin chocar con el régimen. A partir de 1917, se abre mucho el abanico: viajan allí notarios, escritores, poetas, sindicalistas, políticos curiosos, ensayistas de todo tipo de ideologías. Hay que tener en cuenta que tanto bajo la batuta de Lenin como la de Stalin el sistema se esfuerza en quedar bien, en ganar espacio y visibilidad en la comunidad internacional. Morote estuvo allí en 1905, entrevistando a todo el mundo, y no parece que tuviera problema alguno con las autoridades.

Para los regeneracionistas, como Josep Pla, Morote o Julián Juderías, la URSS era un ejemplo interesante de nación atrasada que lograba organizar una industria de primer orden mientras disciplinaba la sociedad. Para los revolucionarios anarquistas y comunistas (Ángel Pestaña, Joaquín Maurín, Andreu Nin), el móvil es hasta obvio: conocer de primera mano la primera experiencia socialista implantada a gran escala. A partir de 1929, la intención de los republicanos era también bastante obvia: intentar dilucidar si podía implantarse en España una transición hacia una República Popular de tipo socialista, o si el límite tenía que situarse en una democracia dirigida por la burguesía avanzada. Entre esos dilemas se situaban las opiniones de los socialistas Fernando de los Ríos, Rodolfo Llopis, Álvarez del Vayo o Julián Zugazagoitia.

Luis Morote observó en 1905 que la burguesía industrial estaba harta de la legislación zarista. Calculó que solo en San Petersburgo había un millón de obreros dispuestos a ir a la huelga revolucionaria y malviviendo en cuchitriles indignos. Andreu Nin, que debe reivindicarse como historiador de las cosas rusas, es quien mejor estudió ese ambiente previo y contemporáneo al nacimiento de los soviets. Sin duda alguna, lo mejor de la Rusia zarista era su cultura, su literatura y su música. Lo peor, obviamente, la brutalidad del régimen. Aunque hoy en día se ha comprobado que el horror estalinista superó esa violencia hasta límites casi increíbles. Que la población urbana estuviera hasta el gorro de la guerra lo evidencia el apoyo que recibieron los bolcheviques, que defendieron el pacifismo a ultranza. Sofía Casanova lo supo ver. El problema es que es carne de cañón pasó de una guerra a otra sin solución de continuidad. Muy poco tiempo después de la Paz de Brest-Litovsk, estalló la guerra civil (1918-1922), una guerra civil abominable y cruel, especialmente sucia y bárbara. 

Quien mejor lo contó fue Sofía Casanova, que ejerció de enfermera bajo las balas en los frentes polacos y, atrapada por la retirada rusa, fue a parar junto a su marido a San Petersburgo. Allí fue testigo de los procesos revolucionarios de 1917. Durante la Gran Guerra no hay prácticamente contacto con Rusia: era lógico, puesto que cruzar la Europa en guerra era prácticamente imposible. Hasta que Stalin no estabiliza su control fue realmente difícil llegar a la URSS, puesto que su reconocimiento internacional era prácticamente nulo.

Otra voz especialmente destacada fue la de Manuel Chaves Nogales, que escribió varios libros sobre el tema soviético que hoy se consideran obras maestras del ensayismo contemporáneo. Entre los escritores más entusiastas, sobresalió la pluma de Ramón J. Sender.

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