EL TERRORISMO ES EL EFECTO DE UN DISCURSO

Iñaki Viar Echeverría

Psiquiatra

Miércoles, 14 Noviembre, 2018

No hay terrorismo sin una narrativa que lo anime y lo sostenga. Es decir que siempre encontramos tras una acción terrorista una serie de palabras que impulsaron es acción. El acto terrorista exige para su consecución que esté anudado a un sentido. Aunque sea a un poco de sentido para el que lo ejecuta, pero lo necesario para que el terrorista se pueda hacer una representación de su acto. Además precisa que ese sentido sea expuesto en una narrativa que se transmita a los otros. El terrorista necesita un interlocutor – o millones de ellos – al que suponga que le alcanza la intencionalidad de su acto. De lo contrario no lo haría, no valdría para nada.

En general la narrativa de la acción terrorista expresa como sentido un objetivo político que el terrorista considera un bien para la sociedad, el mundo, su país… Incluso aunque su sentido sea religioso siempre apunta a obligar a hacer algo al poder: a realizar una acción política como respuesta a su exigencia.

Incluso en los actos letales realizados por enfermos mentales precisan un delirio que de sentido al acto a realizar: delirios persecutorios, ideación autodestructiva o punitiva. Por eso no entrarían en la categoría de terrorismo al faltarles un objetivo político. Son los horrores de la época pero no afectan al sentido, no alcanzan un sentido político, no atentan a la sociedad.

Además de narrativa, el acto terrorista precisa de una visibilidad. Es decir, es una representación para los otros, para un público, para que la acción tenga sus efectos. Siempre está la muerte como objeto de la acción terrorista. Incluso aunque no maten directamente, la muerte es el horizonte subjetivo en el que se inscribe.

Este es el aspecto digamos “teatral”: Hay una representación que pretende suscitar emociones intensas en la gente y que influya en su modo de ver la vida. Pero en el acto terrorista, la representación es real, al revés de la ficción teatral. El drama se ejecuta además de ser representado.  Pero esa dimensión teatral del espectáculo, es buscada por los terroristas. Digamos que sin su representación, “sin imágenes”, su efecto se diluye más fácilmente.  Nuestra sociedad actual de predominio de la imagen favorece hasta el infinito la difusión del terror. Hoy cualquier atentado llega a los confines del mundo.

Un tema importante es en qué medida esta “sociedad del espectáculo”, como la llamó Guy de Bord, de predominio de la imagen sobre el texto -lo que no se ve, no sale en los medios, no existe.  Creo que se puede considerar que se produce una satisfacción morbosa en el consumo de imágenes de horror, que demanda e impulsa a los medios de comunicación a su reproducción infinita.  Quizá eso aumenta la audiencia en la situación actual. Pues aunque la información textual, escrita, nos dará más información que ninguna otra, existe hoy un impulso a “ver”, característico de nuestra época, y en ese mundo vivimos.  Habría que considerar también el potente efecto de imitación que produce las imágenes de violencia reiteradas.

Si comentaré algunas sugerencias de la experiencia del terrorismo de ETA, ya que es lo que he tenido más cercano, y más he conocido. Es a partir del caso concreto como se pueden sacar consecuencias generales.

Yo he conocido desde sus comienzos, más de cincuenta años, el fenómeno de ETA. Ya que me crié en un ambiente nacionalista de los perdedores de la Guerra Civil. En un ambiente que alimentaba el recuerdo de lo sufrido y el rechazo al régimen político del franquismo.  Afortunadamente, tras un tiempo de colaboración, me alejé de ese medio, cuya propensión al asesinato ya era evidente. Pero recuerdo las circunstancias ambientales de aquella época en que comenzó ETA y que creció captando jóvenes durante medio siglo. El terrorismo “no tiene causas” dijo el presidente Aznar con acierto, aunque sí tiene explicaciones. ETA nació de un discurso, de un decir que articulaba el odio al sistema político y animaba a actuar contra él pasando a la acción. Su propuesta es que había unos ideales que cumplir: la independencia de España y una sociedad más justa.

Como suele ocurrir con las ideologías, este discurso no era más que la racionalización de la forma política de los propios sentimientos y anhelos de una parte específica de la población vasca en aquel tiempo.

El sostenimiento de ETA se debió a que tradujo aquellos ideales en una pragmática terrorista.  Para ello -y creo que se puede decir de todo terrorismo- el fundamento, la clave de que funcione es construir un enemigo.  El enemigo será el objetivo contra el que luchar y a la vez la causa de la que emana la energía para su actividad.  Esa es la auténtica causa del terrorismo: el odio al otro. 

Se tomaba como objetivo al franquismo y la independencia pero lo que era su fundamento consistía en el odio a España y a todo lo español. Un sentimiento de desprecio conformado ya por Sabino Arana, fundador del nacionalismo, que no era sino una expresión de racismo. El racismo es el odio al ser del otro. Así, el odio al otro, a lo español -presentado como la alteridad del vasco, el contrapunto de su propio ser- era la fuente de energía que empujó a matar sin piedad durante décadas.

El discurso nazi de alimenta de un discurso que perfila nítidamente al otro como enemigo y saca su fuerza de despertar las pasiones más arcaicas y primitivas del ser humano, como es el exterminio del otro. Un otro que es designado como el rival a batir.

Y la acción terrorista pretende el logro de una satisfacción también primaria: el narcisismo. Es decir, la satisfacción narcisista, ególatra, que experimenta al cometer un acto terrorista. 

Ya que en el acto terrorista se eleva a la estratosfera el conflicto al que se atiene, sus pretextos, por supuesto, lo que hace es catapultar imaginariamente al terrorista a un protagonismo siniestro inmensamente gratificante para él.

Para el terrorista, lo inverosímil de su estrategia, su posibilidad de realización al menos totalmente, no le incumbe, lo que cuenta para él es la praxis terrorista, eso es lo que le satisface y le mueve.

Con esto apunto algo evidente pero negado en los ambientes próximos a los terroristas, que los ideales que ponen el frontispicio de su organización son simples  coartadas para realizar la tarea que se proponen.

Así podemos observar que, con el tiempo, si al principio en el movimiento terrorista tienen más presencia los ideales -los terroristas son más bien neuróticos, con malestares o deudas morales en su vida- con el tiempo se desnuda la verdad y cada vez son sujetos más perversos cuya inclinación a la violencia y al crimen les ha llevado hacia la práctica terrorista.

 

El terror y la sociedad

Los efectos del terror en la sociedad muestran diversos aspectos según las experiencias diferentes vividas. El terrorismo de ETA hizo presente la muerte en la vida cotidiana y durante muchos años, más de dos generaciones. La muerte inferida, el asesinato generalizado tiene efectos complejos en una sociedad.  Depende de cómo se situó cada sujeto respecto al discurso de los terroristas.  Así hemos visto la ausencia total de temor de quienes se situaban en el conjunto definido por la política nacionalista, incluidos los claramente partidarios de ETA. Por fuera del campo nacionalista el terror se distribuía por diferentes sectores: servidores del Estado, primer objetivo de ETA, y después ciudadanos que se situaban en la órbita de los discursos políticos críticos con el nacionalismo y n general toda la sociedad en tanto que repudiaba los crímenes. Siempre he observado en las conversaciones con la gente la negación del temor a ETA junto con una práctica que desmentía eso absolutamente. 

El objetivo de ETA era, por supuesto, aterrorizar a todos, también a los nacionalistas. Es decir, sus atentados cuidaban el rebaño para evitar las ovejas descarriadas.

Desde el principio ETA describía su práctica con una idea tomada, creo que de Franz Fanon, militante anticolonialista africano y autor de “Los condenados de la tierra”. Fue el libro de cabecera de los primeros etarras y su idea central se resumía en un sintagma que era toda una propuesta estratégica: acción-represión-concienciación. Es decir, que la acción de los terroristas, sus atentados, generarán respuestas represivas del Estado, lo cual predispondrá a la población contra el poder político. Esto operaría en forma de una espiral creciente que posibilitaría arrastrar a toda la sociedad contra el Estado.

ETA pretendía tener un aire colonial, aunque no tuvo mucho éxito.  Se trataba de unos colonizados demasiado ricos para ser verosímiles. Más tarde, ETA lanzó una amenaza a la sociedad: “Hay que socializar el sufrimiento”. Es decir, extender al conjunto de la sociedad su acción terrorista, salvo a los suyos. Así consiguió aterrorizar a la sociedad.  Estableció unos muros de cristal entre los diversos sectores de la sociedad con compartimentos aterrorizados y compartimentos felices. Un síntoma evidente de esa época fue el silencio. Nadie hablaba de ETA o del terrorismo en un contexto abierto sin saber por quién pudiera ser oído. La política nacionalista de evitar en todos los lugares posibles, y por todos los medios, la palabra España quedó, y aún continúa de muchas maneras, como palabra proscrita.

El efecto del terrorismo es una degradación moral de toda la sociedad.  Cuando la ley moral básica de que el otro tiene tanto derecho a vivir como yo se vulnera, ello supone un llamado a la responsabilidad por parte de esa ley básica común a toda sociedad humana. Y es ahí, en esa falta de responsabilidad para haber dado la respuesta necesaria, donde estriba el daño moral y político a la sociedad. Porque se produce siempre una cadena de irresponsabilidades que degradan a la sociedad civil democrática.

Aunque ETA ya ha terminado, no se ve con el paso de los años que haya desparecido el poder coactivo que sirvió y que es el nacionalismo en general. Persiste las limitaciones a la libre expresión democrática como el temor de miles y miles de ciudadanos a poner una bandera de España en el balcón con motivo de cualquier fiesta nacional. En el País Vasco esto es hoy inverosímil. Ni los niños llevan jamás camisetas de futbol de la selección española. En muchos ambientes la gente tiene miedo de pronunciar la palabra España. En general, hay un sometimiento a la discriminación social que se realiza mediante la política lingüística que perjudica y excluye a los no vasco parlantes.  También la resignación a que nos cambien centenares de nombres de lugares que hemos conocido durante toda la vida. Siempre eliminando las versiones en español. Hoy el movimiento político de ETA, su heredero, está absolutamente legitimado en el juego político español sin haber jamás condenado los crímenes.  Y además se le posibilitan alianzas que les acercan al poder en muchos campos en España. Esto es lo que Rogelio Alonso llamó “la derrota del vencedor” y que podríamos definir también como “la victoria de los derrotados”.

El terror ha dejado sentimientos de culpa entre quienes no solo no lo sufrieron sino que se beneficiaron. Y en general, en una sociedad que generalmente no respondió como debía. Hoy tratan de encontrar una vía de justificación ante las jóvenes generaciones y las venideras: Elaboran una versión de lo ocurrido en la que los más de 50 años de terror y de crímenes, con cientos de víctimas, miles de huidos, fue culpa de todos. Este es el inmenso daño moral que el terrorismo de ETA ha dejado en nuestro país.  Y no me refiero solo al País Vasco, sino a toda España. Yo creo que hoy día también vivimos consecuencias de esa amenaza mortal que ha condicionado en gran medida la deriva política en España.  La falta de responsabilidad durante tantos años y de tan diversas maneras ha debilitado de una manera muy importante a la democracia española.

Cortes de Aragon

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