EL AUGE DE CHINA

Jacobo Martínez


Martes, 27 Abril, 2021

Durante el siglo XIX, el centro económico y político mundial era sin duda Reino Unido. Su influencia territorial, su sociedad avanzada y su economía sofisticada permitían a los ingleses ser los dueños del mundo. Sin embargo, a partir de los años 70 del citado siglo, la tasa de crecimiento de los británicos ya era inferior a la de las rentas estadounidenses.

Estados Unidos, tomando como inspiración a Europa y aprovechándose de su relación recursos-población, entre otros muchos factores, se convirtió en el líder mundial durante el siglo XX. Vencedor de las dos guerras mundiales, el gigante americano jugó con la geopolítica mundial como si de un tablero de ajedrez se tratase. En 1972, Richard Nixon se convirtió en el primer presidente estadounidense en visitar a la República Popular China. El contraste era evidente: el líder de la mayor potencia económica visitaba a un país aislado y prácticamente tercermundista. Casi 50 años después, la situación es completamente diferente. Actualmente, China no sólo puede mirar directamente a los ojos a Joe Biden, sino que las previsiones indican que en los próximos años los asiáticos se consolidarán como líderes mundiales. ¿Cómo ha ocurrido esto?

Basados en un modelo de capitalismo de Estado, al no producirse los ciclos electorales cortos que caracterizan a los países occidentales, elaboran Planes Quinquenales que permiten la planificación a largo plazo. Además, se ven beneficiados gracias a su extensa población y a la existencia de un único objetivo: el beneficio económico. La evidente falta de libertades ha permitido que el gobierno haya podido lidiar (al menos aparentemente) mejor que Occidente y Estados Unidos con la existencia de un virus altamente contagioso, teniendo en cuenta que en el territorio chino habitan más de 1300 millones de personas. Esto último es una de las principales diferencias entre las dos grandes potencias mundiales: la libertad. Es muy difícil sostener un país con un crecimiento económico imparable sin que su sociedad se pregunte por qué ellos mismos no pueden disfrutar del beneficio y por qué Occidente, con un tejido industrial a la deriva, tienen más derechos que ellos. Por otro lado, resulta tarea imposible que el Estado siga siendo el exclusivo centro de poder, dada la existencia de gigantes tecnológicos como Huawei o Xiaomi. Sancionar con millones como ha sucedido con el gigante del comercio electrónico Alibaba no parece la mejor solución.

Esto último indica que el modelo chino debe continuar con las reformas que inició hace 40 años. Una gran parte del auge económico de China se debe precisamente a esas empresas, las cuales se fundamentan principalmente en el liberalismo económico. La existencia de un eje central que no solo controla el mercado, sino a toda la sociedad en su conjunto, choca frontalmente con las reglas básicas del modelo liberal. Lo que está claro es que, si China quiere que se cumplan todas las previsiones, deberá adaptar su modelo de Estado progresivamente.  No obstante, no es la primera vez que debe hacerlo en la historia reciente y, como evidencia su imparable crecimiento, parece imposible que no lo haga.

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