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Los intereses de España en Marruecos son armónicos. Discurso pronunciado por Joaquín Costa > Discurso

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[Pg. 5] Señoras y señores:

Entre la multitud de noticias que ha acumulado en su patriótico discurso, tan nutrido de doctrina, el digno Presidente de este mitin, ha tenido el privilegio de llamar preferentemente la atención al público, y aún de conmoverlo, una cuya gravedad excepcional no podia pasar inadvertida. El Ministro de Estado de Marruecos ha salido de Tánger en dirección á Gibraltar, para encaminarse desde alli á Marsella, y según todas las probabilidades, á París y Londres. Cuál sea el motivo de tan impensado viaje, no es difícil adivinarlo. Francia, como si no tuviera bastante con haber ofendido á Italia en Túnez, se apresta á ofender á España en Marruecos; y Marruecos, en su tribulación, acude á París en busca de misericordia y á Londres en demanda de protección. No habrá faltado quien, como el Sr. Presidente, se preguntara al escuchar la noticia, entre dolorido y asombrado: ¿Por qué extraña fatalidad en vez de tocar en Gibraltar el Ministro marroquí Sidi Vargas, no ha tocado en Cádiz, en vez de dirigirse á París no se ha dirigido á Madrid? Estoy en el secreto, señores, y puedo satisfacer la curiosidad de quien la tuviere; consiste en que Paris y Londres están muy cerca de Tánger, casi, casi, dentro de sus murallas, al paso que Cádiz y Madrid están lejos, muy lejos, más lejos que la China, tan lejos como la luna, casi, casi tan lejos como el continente vastísimo del Limbo y como la remota península de Bábia. (Risas).

Y ¿por qué está España tan lejos de Marruecos? ¿Por qué viven tan apartados dos pueblos, que quien no conociera los misterios y las profundidades insondables de la Geografía de nuestros partidos políticos, creería llamados á vivir perpetuamente unidos como hermanos? ¿Nace la separación y el desvío de accidentes puramente históricos y transitorios, ó se funda en [Pg. 6] causas constitucionales, en obstáculos ajenos y superiores á la voluntad humana? Tal es el problema preliminar á que ha de consagrarse ante todo la atención de este mitin, si ha de levantar luego sus deducciones sobre seguro.

Lo primero que se necesita para remover un obstáculo y poner remedio á una enfermedad, es conocer el origen de esa enfermedad y la naturaleza de ese obstáculo. De algunos años a esta parte, España padece de nostalgia, y es la nostalgia de Africa: así como va renaciendo á la nueva vida, la memoria obliterada se aviva, la naturaleza reclama sus fueros, el pasado se hace presente, la corriente de la historia interrumpida por obra de la violencia, se restablece, y mes por mes, día por día, España siente crecer sus simpatías por el Moghreb, y resueltamente ya, quiere acercarse al pueblo marroquí. Pues imposible, digo yo, absolutamente imposible, mientras no conozcamos las causas que nos tienen apartados de Marruecos, y yo tengo para mi que todavía á la hora presente las ignoramos.

¿Será que nos separa el Estrecho? No porque el Estrecho no nos separa, como si fuera una cordillera; el Estrecho nos une, como si fuese un rio. Rios hay en el planeta que miden doble anchura que el Estrecho de Gibraltar, por ejemplo, el rio de las Amazonas, y sin embargo, sus dos riberas pertenecen á una misma nación; en esos rios, desde una orilla no se alcanza á ver la opuesta, y desde las plazas de España, se distinguen perfectamente las costas de Marruecos: hay istmos en la tierra que dividen uno de otro dos sistemas geológicos, una flora de otra flora, un clima de otro clima, por ejemplo, el istmo pirenáico; pero el Estrecho de Gibraltar no separa nada; á pesar de él, como si tal accidente no existiera, los estratos del suelo africano se continúan en nuestro suelo peninsular; Abila y Calpe son hermanas, y se hallan pobladas de una raza de simios que presenciaron el estruendoso rompimiento del istmo prehistórico y la desaparición de toda una fauna hispano-africana, que á este lado del Estrecho quedó prendida entre las mallas del subsuelo, y que al lado de allá logró salvar hasta hoy algunas de sus especies; Iberia es una provincia botánica de Africa, viviendo con ella expontáneamente como en su propia patria, toda la flora transfretana, encontrándose en Andalucía especies desconocidas en Europa y comunes en Sáhara; la meteorología marroquí, y la meteorología española forman una misma y sola meteorología; los labradores de aquende y allende cultivan unas mismas plantas, siembran y siegan en unas mismas épocas, padecen sus mieses y ganados por igual el azote de la sequía y el de la langosta. España y Marruecos son como las dos mitades de una unidad geográfica, forman á modo de una cuenca hidrográfica, cuyas divisorias extremas son las cordilleras paralelas del Atlas [Pg. 7] al Sur y del Pirineo al Norte, entrambas coronadas de nieves perpetuas, y cuya corriente central es el Estrecho de Gibraltar, á la cual afluyen, de un lado, en sus pesadas caravanas, los tesoros del interior del continente africano, y del otro, en sus rápidos trenes de vapor, los tesoros del continente europeo (Aplausos). Lo repito. El Estrecho de Gibraltar no es un tabique que separa una casa de otra casa; es, al contrario una puerta abierta por la Naturaleza para poner en comunicación las dos habitaciones de una misma casa. (¡Muy bien!)

¿Será la sangre lo que nos separa á españoles y marroquíes, será el espíritu de raza, eso que imprime un sello tan profundo á la nacionalidad y abre entre los pueblos abismos más imposibles de franquear que las cordilleras y que los mares? Tampoco; tampoco es la raza, menos aún que la Geografía. Al contrario, existe entre españoles y marroquíes cierta secreta poderosa atracción, que solo es dable explicar por algún parentesco étnico que los una, fortalecido y confirmado por influjos seculares del medio natural. Cuando hace cuatro años los bereberes del Riff diputaban á sus jefes para que viniesen á España á implorar la protección de nuestra bandera y á entablar con nosotros relaciones mercantiles que abriesen mercado y salida á los productos de su feraz suelo, ponían por fundamento á su petición, entre otros, este: que los moros y los españoles son hermanos, que pertenecen á una misma raza mediterránea, y que han recorrido con nosotros una suerte común durante muchos siglos de su historia. Pues bien, señores, esa hermandad de sangre que invocaban los rifeños, no es una sugestión del deseo ni un recurso gastado de retórica trasnochada. Entre las varias capas de población que la historia ha ido superponiendo, siglo tras siglo, entre el Pirineo y el Sahara, una raza por lo menos, la primordial, la más aventajada, la dominante, ha sido la común á Marruecos y España: quince ó diez y seis siglos antes de la Era cristiana, una raza de cabellos rubios y ojos azules (tamehu ú hombres del Norte, de las inscripciones egipcias), acaso la misma raza céltica, invadió la Penfnsula, pasó el Estrecho se extendió por el Moghreb y se avecindó en ambas regiones, habiéndose conservado hasta hoy en Marruecos el testimonio de ese hecho histórico en una tercera parte de su población que es rubia, y en infinidad de dólmenes, túmulos y menhires que cubren su suelo idénticos á los de nuestra Península. Veinticuatro siglos después, la ola de la invasión tuvo retroceso y los berberiscos pasaron á nuestra Península y se establecieron en ella, mezclándose á los antiguos pobladores, ya por que estos viviesen en sus ciudades con nombre de muzárabes, ya porque viviesen aquellos en las suyas con nombre de mudèjares, y dejaron como testimonio de su existencia cubierto de monumentos nuestro suelo y empedrada de giros y vocablos [Pg. 8] orientales nuestra lengua. Se dice que fué la raza árabe ó asiática, pero con error notorio: doce mil berberiscos, mandados por otro berberisco, el famoso Tárec-ben-Zeyad, iniciaron la conquista de la Península; el Califato cordobés se apoyó principalmente en el elemento berberisco; berberiscos eran los hamuditas de Málaga y los demás reyes meridionales, tributarios suyos, que fundaron Estados independientes en Granada, Badajoz, etc., sobre las ruinas del Califato; berberiscos los almoravides, fundadores del Imperio de Marruecos, que sucedieron á los reyes de Taifas en el dominio de España; berberiscos y marroquíes los almohades, que tras los almoravides sojuzgaron la Andalucía; berberiscos y marroquíes los benemerines, que tras de aquellos invadieron nuestra patria; y hechura suya fué aquel glorioso reino granadino, último representante de la brillante civilización musulmana en la Península. Por manera, señores, que al hablar de árabes occidentales ó españoles, ha de entenderse que se trata de berberiscos marroquíes por la raza, si bien árabes por la religión, por la cultura y por la lengua.

Con estos antecedentes, podemos explicarnos el origen de esa simpatía instintiva y de ese afecto que se profesan mutuamente españoles y marroquíes, y que llevan á los primeros á poner en Marruecos el asiento de sus ideales y á fundar los segundos en España sus esperanzas de redención. Todavía recuerdan los moros de las ciudades mogrebíes que descienden de moros españoles, y muchos ostentan apellidos iguales á los nuestros, y conservan con cariño los títulos de propiedad de las fincas y las llaves de las casas que poseyeron en España; todavía se llaman andaluces los de Fez y sienten verdadera idolatría por nuestra tierra, considerándola como un paraíso de delicias; aún no han olvidado los de Tetuán que sus progenitores venían de Granada, y que los más de los granadinos que se expatriaron eran nietos de cristianos ó renegados. Pero donde el afecto es más vivo y la atracción más irresistible, es en los extremos del imperio, allí donde no lo contiene el sentimiento de la nacionalidad, y al contrario, lo aguijonean los desaciertos del Gobierno. Al norte hace cuatro años, algunos tribus del Riff comisionan á sus jefes Abdallah, Hamadi, y otros para que viniesen á Granada y Madrid á solicitar la nacionalización española y la incorporación de su territorio á España. Al Sur, hace doce años, Sidi Hussein, jefe de un vasto territorio en el Sus, pidió á nuestro Cobierno con vivas instancias que instalara en las costas de sus dominios, desde Agui á Assaca, cuantos centros comerciales creyera necesarios, ofreciendo enviar sus hijos á Madrid para que recibiesen educación europea. Más al mediodía, las tribus del Guad-Nun, lo mismo que las del Sus, llevan pintada en sus cárabos y estampada en sus chilabas la bandera [Pg. 9] española, y cuando estalló la guerra de España con Marruecos se negaron á pelear contra nosotros, despreciando á los santones que pedricaban la guerra santa, y al contrario, enviaron una embajada á Tetuán para brindarnos su alianza contra Fez; algunos años después, un emisario del Habib-ben-Beiruc vino varias veces á Cádiz y á Madrid á proponer la cesión á España de un territorio en su costa para la construccion de puertos que estarían bajo nuestra inspección y amparo, fortificados y guarnecidos por nosotros, el establecimiento de factorías donde comerciar directamente con las Canarias. En cuanto al pueblo español no he de recordar yo al auditorio cuán grande fascinación ejerce aquel pais sobre nuestros emigrantes; cuán presto se poblaron de colonos españoles las vegas de Tetuán y de Tánger á la raiz de la guerra, emprendiendo multitud de industrias y cultivos, nuevos allí; cuan extremado y loco sea el entusiasmo de los canarios no bien se toca la cuestión de Santa Cruz de Mar Pequeña, viendo en ella con los ojos de la fé y de la convicción más profunda, la raiz de su existencia en lo venidero; cuantas comunicaciones llevan escritas los alicantinos y murcianos avecindados en Orán, pidiendo terrenos en Ifní, ó en los campos fronterizos de Centa ó de Melilla, para ir á colonizarlos; con cuánta facilidad se entienden nuestos emigrantes con los berberiscos argelinos, despertando en el Gobierno francés recelos y temores por la suerte futura de su colonia; y cuán pronto se adaptan á las costumbres y vida de Marruecos nuestros desertores y presidiarios, abjurando de su religión, contrayendo matrimonio con mujeres indígenas y propagándose de tal modo, que se ha calculado que la quinta parte de la población de Fez el nuevo y la tercera parte de la de Mequinez desciende de renegados españoles. Si quereis saber la causa de todo esto no me lo preguntéis á mí; buscadla en vosotros mismos, en lo que hay de oriental y africano en los españoles y de español en los berberiscos, en los relieves pintorescos de nuestro lenguaje, en los esmaltes de nuestra poesía, en la música popular, impregnada de melancolía, en la complexión de nuestro carácter, en esa seriedad innata que el observador superficial no acierta á ver debajo de la aparente informalidad y bullicio de nuestros galanteos y de nuestras zambras, en la exaltación de nuestra fantasía, en nuestra sensibilidad extremada, en esa fiebre inquieta de nuestra sangre, en el apasionamiento por el ideal, que ha hecho de D. Quijote el espejo eterno de nuestra raza; inquirid por ese camino la razón de aquel fenómeno social y decidme luego si no es la voz de la sangre que nos llama, si no es la fatalidad de la herencia que arrastra unos hácia otros á españoles y marroquíes, para que constituyan una unidad social en la historia, como constituyen sus dos territorios una unidad geográfica en el planeta (Aplausos).

[Pg. 10] Pues si no es la geografía ni la raza lo que nos separa, ¿será acaso la historia, los odios heredados del pasado, los ocho siglos de la reconquista?.... ¡Odios heredados! Ni españoles ni marroquíes saben lo que es eso. Tampoco lo sabe la historia: la vendetta entre naciones es un mito: los relámpagos de cólera que mueven el brazo del guerrero son tan fugaces como el llanto de los huérfanos y el luto de las viudas, y tal vez se cansa antes el alma de aborrecer que los ojos de llorar: guerras sostuvieron, y bien crueles por cierto, castellanos con aragoneses, aragoneses con navarros, navarros con castellanos, y sin embargo, formamos hoy todos una sola familia y aclamamos una común patria. (Aplausos). Hay en las guerras algo de paradoja: oponen á la razón la fuerza bruta, y por ellas se ensancha el horizonte espiritual de los pueblos, y se enriquece cada uno con las ideas de los demás, al modo de las inundaciones y de las tempestades, en cuyas alas cambian los climas sus floras y sus faunas, y que en pos del estrago dejan cubierto el valle del limo fecundante formado en la montaña con detritus minerales y orgánicos á la acción lenta de los siglos: son azote de Dios, y por ellas progresa la creación, nacen de la discordia y sirven para aproximar á los pueblos; parece que separan, y unen: los combatientes se sacuden el polvo de la batalla y se acercan unos á otros, y se conocen, y al cabo de una generación se aman y confunden en un solo sentimiento y en una sola sangre. Por ellas hemos formado españoles y marroquíes un solo cuerpo político en diversas épocas de nuestra historia: en los primeros siglos de la Era cristiana, bajo el cetro de los emperadores romanos y bizantinos, el Africa Tingitana fué una dependencia y como vicariato del gobierno de la Península, y tuvo su capital, común con la Bética, en Sevilla; en el siglo VII, bajo el cetro de los reyes visigodos, España y Berbería ó provincia tingitana tuvieron su capitalidad en Toledo; en el siglo VIII, bajo el cetro de los califas de Damasco, España fué una dependencia de Africa, y tuvo su capital comùn con el Moghreb, en Cairouán; en el siglo X, bajo el cetro de los califas de Occidente, el Moghreb y el Andálús, tuvieron por capital á Córdoba: en el siglo XI, bajo el imperio de los emires almoravides, el Andálús y el Moghreb tuvieron su metrópoli en la ciudad de Marrueoos; en el siglo XII, en tiempo de los almohades, el imperio de Marruecos tuvo su sede, por tiempo en Sevilla por tiempo en Fez.—Sevilla, Toledo, Cairouán, Córdoba, Marruecos y Fez: seis ciudades en las cuales ha residido alternativamente el gobierno supremo común á marroquíes y españoles, musulmanes ó cristianos, de una y otra orilla del Estrecho. Por virtud de esta vecindad, y más que vecindad, compenetración, en que han producido sus respectivas civilizaciones ambos pueblos, existe entre la historia de Marruecos y la de [Pg. 11] España tan acabado paralelismo, que á cada suceso de la una corresponde otro suceso igual en la otra, y que conocida la primera puede decirse que se conoce en su general estructura la segunda. En tiempo de Sisebuto y de Suintila, los españoles conquistaron á Berbería, y sus costas y montañas se poblaron de cristianos; y en tiempo de Tárec y de Muza y más tarde con los almoravides y almohades, conquistaron los berberiscos á España, y sus vegas y ciudades se poblaron de musulmanes. Cuando los vándalos, en su asoladora excursión desde las regiones del Norte, llegaron al Estrecho por la parte de España, un conde romano, Bonifacio, haciendo traición á su patria, abrió á Genserico las puertas del Africa, entregándole la provincia de Mauritania, que gobernaba; y rodando los siglos cuando los árabes, en su rápida peregrinacion desde el Asia, llegaron á orillas del Estrecho por la parte de Africa, ctro conde español, Don Julián, haciendo traición á su patria, abrió á Tárec las puertas de España, entregándole Ceuta y guiando sus huestes á los campos del Guadalete (Aplausos). Las luchas que sostuvimos no tuvieron carácter religioso, sino político, contándose siempre en los dos ejércitos enemigos, soldados del Evangelio y soldados del Islam, que por eso ha podido decir con verdad un ilustre historiador ultramontano, que «la guerra española de ocho siglos no fué otra cosa que ocho despiadados siglos de guerra civil.» Nos vencieron en Zalaca y en Alarcos, y los vencimos en el Salado y en las Navas. El héroe mahometano más propio de la epopeya se designó con un nombre arábigo, Muza, y con otro nombre español, Lope; y Muza ben Lope, semi-súbdito del califato cordobés, semi-régulo independiente de Zaragoza, pasó la mitad de su vida peleando al lado de los musulmanes contra los cristianos de uno y otro lado del Pirineo, y la otra mitad peleando al lado de los cristianos contra los musulmanes de una y otra ribera del Ebro; y paralelamente, el hèroe cristiano en torno del cual se agrupó la epopeya nacional de los españoles, lo bautizó el pueblo con un nombre arábigo, Cid, y con otro castellano, Campeador, y el Cid Campeador, semi-súbdito del monarca de Castilla, semi-príncipe soberano de Valencia, pasó la mitad de su vida peleando al lado de los cristianos contra los moros, y la otra mitad peleando al lado de los moros contra los cristianos. (Aplausos). Al tiempo de la invasión, la nobleza visigoda abjuró el cristianismo y fué base de la nueva sociedad, los hijos del conde Don Julián, los Beni-Cassi, los Beni-Servando, los Beni-Yahia, los Beni-Zadulfo, los Beni-Meruan, y aquel Olmundo y Rómuio, y Ardabasto, hijos del rey Witiza, que por haberles sido negada la corona de su padre, se aliaron á los árabes y berberiscos y pelearon á su lado contra los españoles en la Janda, en Mérida y en Zaragoza; y en el extremo opuesto de la Edad Media, consumada [Pg. 12] la reconquista, una parte de la nobleza granadina y mogrebí renegó del Mahometanismo, y entró a formar parte de la grandeza española, la viuda de Muley Hacen, los Zegri, los Castilla, los Benjumea los Mazas, los Albeniz y Granadas, linaje de los últimos reyes Alhamares, el príncipe Cid Hiaya, extirpe de los Ben Egas ó Venegas, y aquel infortunado Muley Xeque, hijo del emperador marroquí Muley Mohamet, el Negro, que, por haber sido destronado, se había aliado con los cristianos y peleado contra los suyos en Alcazarquivir, y se llamó aquí Don Felipe de Africa y fué comendador de Santiago y murió á la cabeza de nuestros soldados en las campañas de Flandes (Aplausos). Un emir marroquí, Abu-Yacub, vino á morir de muerte violenta en la Península, defendiéndose bravamente, herido de un bote de lanza en el sitio de Santarén; y un rey español, Don Sebastián de Portugal, fué á morir desastradamente en Marruecos, peleando como un héroe, en la triste jornada de Alcazarquivir. Soberanos españoles, como Enrique IV, confiaban la custodia de su palacio á una guardia de jinetes berberiscos, y sultanes marroquíes, como Muley-el-Ualid, fiaban su seguridad personal á un escuadrón de caballeros españoles. Príncipes cristianos se casaban con musulmanas, como Alfonso VI de Castilla con Zaida, la hija del rey moro Almotámid, y príncipes musulmanes con mujeres cristianas, como el emperador de Marruecos Muley Cidán con una cautiva española, y el rey moro de Huesca Attauil con doña Sancha, la hija del conde de Aragón Aznar Galindo; viniendo de esta suerte á emparentar entre sí los soberanos de una y otra raza, y á reinar hijos de moras en Estados cristianos é hijos de nazarenas españolas en Estados musulmanes. Después de la invasión de la Península por Muza y Tárec, toleraron en Orihuela la constitución de un reino cristiano por el godo Teodomiro, en calidad de feudatario del califa de Oriente; y después de la invasión y conquista del Andalús por las huestes de Fernando III y de D. Jaime, permitieron al moro Aben-Hud formar en aquel mismo territorio murciano un reino musulmán, tributario de la corona de Castilla. Tal monarca español pedía auxilio á los marroquíes, como Alfonso el Sabio á Yusuf, emir de los benimerines, para recobrar la corona usurpada por su Pilo Don Sancho; y tal príncipe marroquí buscaba y hallaba auxilio entre los cristianos, como Abu-Zayán en Alfonso XI de Castilla para usurpar la corona de Fez á su padre Abu I hacén. Un noble castellano, el infame D. Juan, se pasó al servicio de Marruecos, y llegó á ser caudillo de los zenetas benimerines y los trajo á España contra sus compatriotas los españoles, poniendo cerco á Tarifa, defendida por Guzmán el Bueno; y otro noble marroquí, el intrépido Yahía ben Tofut, de Safí, se pasó al servicio de los cristianos, y llegó á ser capitán general de las huestes portuguesas [Pg. 13] y las guió contra sus correligionarios y compatricios los marroquíes, derrotándolos en las llanuras de Abda. Dominados los españoles por los musulmanes, olvidaron del todo la lengua latina, ya en el siglo IX, y hubo que traducir al árabe la Biblia para uso de las Iglesias cristianas; y siete siglos más tarde, dominados los musulmanes por los españoles, dieron al olvido su lengua arábiga hasta el punto que fué preciso en Castilla traducirles el Alcorán al castellano para que orasen en sus mezquitas (Aplausos). Del lado de Marruecos, hubo en el siglo XII ensayos de conciliar las dos religiones de Cristo y de Mahoma, abogando por la fusión filósofos cordobeses y emperadores almohades; y del lado de los cristianos se ideó la misma conciliación, seiscientos años más tarde, con los famosos plomos del Sacromonte de Granada, patrocinados por el arzobispo Castro y la Compañía de Jesús, que poco déspués había de intentar hábilmente otra transacción entre las religiones del Asia Oriental y el cristianismo. En el centro del Califato, y con intento de reconquistar á Córdoba marroquí, alzaron en el siglo IX los muzárabes y muladíes el estandarte de la rebelión con Omar ben Hafsun, de raza española, pero nacido en el culto de Mahoma; y en el centro del imperio español, y con la mira de reconquistar á Granada española, se alzaron los moriscos en el siglo XVI con Fernando de Válor, de sangre berberisca y Religión Cristiana. Un emperador de Marruecos, Ali-ben-Yúsuf, expulsó de la península á sus súbditos españoles y cristianos ó descendientes de cristianos, por haber contraido secretas alianzas con los aragoneses; y cinco siglos más tarde, un rey español, Felipe III, expulsó á sus súbditos árabes y marroquies ó descendientes de marroquíes, por haber entrado en tratos con los turcos y con los berberiscos. En 1860, cuando españoles y moros reanudaban sus antiguas relaciones por el medio con que principian á conocerse y aproximarse los pueblos, por medio de la guerra, y en la vega de Tetuán vindicaban los unos su honra y defendían los otros su independencia, un pretendiente al trono de Marruecos, el famoso Rogni, se alzó impiamente contra su gobierno y contra su patria en los campos de El Jat Cores; y otro pretendiente al trono español, el desdichado Montemolín, intentó sacrílegamente reencender la guerra civil en San Carlos de la Rápita. (Aplausos). Que á tal extremo, señores, en los errores como en los aciertos, en la próspera como en la adversa fortuna, responde la historia de Marruecos como un eco á la historia de España, cual si los corazones de ambos pueblos latiesen al unisón, y se diría que había sido profeta aquel emir Almanzor, medio musulmán, medio cristiano, que en el siglo XII levantó dos Giraldas iguales, una al otro lado del Estrecho, en la ciudad de Marruecos, otra á este lado del Estrecho, en la ciudad de Sevilla, como si hubiese querido dejar en [Pg. 14] aquellas dos gemelas divinas de la Arquitectura un testimonio perenne de esa confraternidad espiritual de las dos razas, que nuestro pueblo consagró en la inmortal epopeya de su romancero, presentándonos á Marsilio, general de las huestes musulmanas del califa, y á Bernardo del Carpio, caudillo de las huestes cristianas de Asturias, no uno contra otro, sino unidos ambos, acometiendo y destrozando, al grito de ¡viva España! las legiones de Carlo Magno que amenazaban la independencia de la patria común. (Ruidosos y prolongados aplausos).

No abre, no, la reconquista un abismo entre españoles y marroquíes: al contrario, esos nueve siglos de convivencia en un mismo territorio, debajo de un mismo cielo, en unas mismas ciudades, han engendrado en nosotros un espíritu de confraternidad que, apagado sólo en apariencia, vuelve á inflamarse á poco que se remueva la ceniza que lo esconde. ¿Será, por ventura, que la civilización oriental y la civilización occidental son incompatibles, como suele decirse? ¡Ah, señores, qué cómodo es, en las escuelas, salir de una dificultad con un lugar comúu ó una frase hecha! Cabalmente, la civilización española reconoce como su inmediata antecesora á la civilización musulmana, y ya hemos visto antes, que decir musulmán en España, vale tanto como decir berberisco marroquí. Dada la base étnica de nuestra nacionalidad, base de celtas y de iberos, dos son los pueblos que podemos considerar maestros y fundadores de la gente española: Roma y Marruecos; Roma, que nos da la lengua, el derecho civil, las letras, Marruecos, que nos enseña la agricultura, la industria y el comercio; Roma y Marruecos, la ciencia, la arquitectura y la administración. Con su brillante cultura, en parte aprendida, en parte original, enlazaron los musulmanes por ministerio de España el Oriente con el Occidente y la antigüedad con el Renacimiento. Hicieron de España el mediador por cuyo conducto se derramó en la civilización europea la ciencia y el saber de los orientales, á que hasta entonces había permanecido enteramente ajena, así en el orden del pensamiento como en la esfera del trabajo. Nos enseñaron la Medicina, así como la Farmacia química, hasta ellos ignorada en Europa, enviando discípulos suyos á fundar la escuela famosa de Montpellier, y dándonos á leer las obras de Avicena, Aben Zohar, de Costa-ben-Luca y otros, en las cuales se formó el más ilustre de los médicos españoles de la Edad Media, el más grande de los médicos europeos del siglo XIII el catalán Arnaldo de Vilnova. Nos enseñaron la Química, que ellos constituyeron como ciencia con el insigne Cheder recogiendo las nociones dispersas de indios, chinos, egipcios y griegos, y acaudalándolas con nuevas invenciones; á punto de haberse atribuido á un español, el beato Raimundo Lulio, el descubrimiento del agua regia, del ácido nítrico [Pg. 15] y de otros reactivos que lo musulmanes habían descubierto, y que tanta influencia han ejercido en el desarrollo de aquella ciencia y de sus aplicaciones industriales. Nos enseñaron la Botánica, cuya fundación se atribuye á un musulmán español, Aben Beitar, y crearon en Córdoba el primer jardín botánico que haya existido en Europa. Nos enseñaron Geografía dándonos á conocer la de Tolomeo y enriqueciéndola considerablemente merced á remotisimas expediciones de sus guerreros, de sus mercaderes, de sus exploradores, no igualadas antes por griegos, por chinos ni romanos, y entre las cuales descuellan las de Aben-Beitar, nacido en Málaga, y de Alhasán, llamado después León el africano, nacido en Granada, cuyas obras fueron traducidas al latín para conocimiento de los pueblos occidentales. Nos enseñaron Matemáticas, que habían aprendido de los indios, ó encontrado en libros desconocidos de los griegos, la aritmética sanscrita de posición, que es hoy la universal, las ecuaciones de 1.° y 2.° grado y demás invenciones de los antiguos, aumentadas por los matemáticos árabes y siriacos, y que fueron trasmitidas á Europa en el siglo XII por el famoso arabista Juan de Sevilla, y explicadas en España en el siglo XIII por el musulmán Alcarmatí, a sueldo del rey Sabio de Castilla en las escuelas de la recién conquistada Murcia. Nos enseñaron Astronomía, y merced á ellos tuvimos en la Giralda de Sevilla el primer Observatorio astronómico que se haya conocido en Europa y pudo celebrarse en Toledo, hace ya siete siglos, el primer Congreso astronómico con aquellos profesores musulmanes y hebreos que el rey de Castilla, Alfonso X, tenia pensionados para recopiar y traducir, como recopilaron y tradujeron en los famosos Libros del Saber, las obras astronómicas hasta entonces conocidas, y hacer observaciones planetarias, solares y lunares, refiriendo los cómputos al meridiano de Toledo, reconocido desde entonces en Europa como universal, y que dieron por resultado reformar el Almagesto de Tolomeo en aquellas célebres Tablas Alfonsíes, que gozaron de universal autoridad en Europa, y sirvieron de texto en sus escuelas hasta el Renacimiento. Nos enseñaron la ciencia del gobierno con aquellos catecismos político-morales de los Indios, traducidos del árabe al castellano en el siglo XIII, y que tan honda huella han dejado en el Código de las Partidas y en las obras políticas de D. Juan Manuel y de Raimundo Lulio. Nos enseñaron instituciones de Haeienda pública y Administración, que por esto designábamos en la Edad Media varios tributos con el mismo nombre arábigo que ellos, alcabala, almojarifazgo, anubda, gabela, derrama, alfarda, tacha, almagrán, y otros sin contar el diezmo ó azaque; y han llegado hasta nosotros, y muchos viven todavía en nuestras leyes, los nombres arábigos de multitud de magistraturas y oficios públicos, como alcalde, almirante, zalmedina, almocadén, adalid, [Pg. 16] alguacil, alcaide, almotacén, alamín, alfaqueque, alférez, motalafe, trujamán, zabacequías, y otros; y el ministro de Hacienda de Castilla conservó durante mucho tiempo el nombre de almojarife mayor que le daban los musulmanes, de quienes había sido imitado. De su raza fueron los primeros filósofos de nuestra Península en la Edad Media, Avempace, Tofáil, y sobre todos, el insigne Averroes, cuyo aristotelismo panteista fertilizó el pensamiento español durante tres siglos iniciando á los profesores cristianos en el conocimiento de la Metafísica, provocando por vía de reacción el realismo armónico de Raimundo Lulio, único sistema original con que somos conocidos en la historia de la Filosofía, y haciendo de Toledo una de las dos Atenas europeas del siglo XII, siendo París la otra. Antes qua el renacimiento del siglo XV desenterrase los grandes maestros de la Historia en la antigüedad, los dos historiadores castellanos más ilustres del siglo XIII, el arzobispo de Toledo D. Rodrigo Ximénez de Rada y el rey de Castilla D. Alfonso el Sabio, se formaron en la Escuela de los historiadores musulmanes, de Arrrazi, ó el moro Rosis, de Aben Jayyán y otros con cuyas enseñanzas pudieron remontarse por encima de los cronicones descarnados de sus antecesores los analistas, y todavía hoy, para escribir nuestra propia historia, tenemos que recurrir á los historiadores y geógrafos berberiscos, á Aben-Jaldún á Almaccarí, á Xerif Aledrisí, á Aben Batuta. Nos enseñaron cinco ó seis industrias nuevas: el papel de trapo que habían traido de Samarcanda; la cria del gusano de seda, que importaron de China, y la fabricación de alfombras, tapices, brocados y damascos, y otros tejidos de aquella sustancia, que habían aprendido á labrar en Persia y que competían con los afamados de Siria; el azúcar de caña, que hallaron en Oriente, y para cuya extracción fundaron multitud de ingenios en la costa de Granada; las manufacturas de algodón, que ellos exportaban á los mismos paises orientales; los curtidos y labores en cuero, que tan famoso hicieron el nombre de Córdoba, conservado en los cordobanes y en el antiguo nombre castellano del zapatero, «cordo» ó «corto», francés actual «cordonier» ó «cordouanier;» y, por último, la fabricación de azulejos, cristalería, loza, aleaciones nuevas, como el latón, y nuevos sistemas de tinte. Pues aún más que en industria, nos enseñaron en Agricultura: enriquecieron nuestros cultivos con seis ó siete plantas de excepcional importancia: el arroz, que constituye hoy la riqueza de toda una provincia; el almendro y el algarrobo, que hoy son la principal producción de otra provincia; la caña de azúcar, manantial de prosperidad en algunas comarcas del Mediodía de la Península; el naranjo, artículo principal de exportación en nuestra marina de Levante, sin contar el algodonero, la palmera, el plátano, el níspero, el [Pg. 17] membrillo, el azufaifo, y otros; en las prácticas de los nabateos se calcó el Libro de Agricultura de Abu-Zacaría, y en él se inspiró nuestro Gabriel de Herrera; los pantanos de la cordillera penibética, las norias de la Mancha, las acequias y canales de Aragón, de Valencia, de Murcia y de Granada, copia fueron de las obras hidráulicas y artefactos para riego que sus inmigrantes é ingenieros habían visto en las gargantas del Atlas y á orillas del Ganges, del Tigris, del Eufrates y Nilo, y con ellos se convirtieron en campos fértiles arenales, estepas y peñascos infecundos de la Península; todavía hablan árabe, sin sospecharlo, nuestros labradores, para nombrar el alfoz de su municipio, sus aldeas y arrabales, sus almunias y alquerías, sus alfolíes, almazaras y zafareches, sus cármenes, arriates, almácigas y almantas, sus albéitares, gañanes y zagales, sus acémilas y dulas, la alfalfa, alholva, algarroba, alforfón, arroz, aluvia, altramuz, alcachofa, zanahoria, berengena, gengibre, azafrán, azúcar, algodón, sandía, albaricoque, naranja, limón, toronja, acebuche, aceituna, aceite, alcuza, aloque, arrope, almíbar, alambique, alquitara, candil, jarra, redoma, azufaifo, bellota, acerola, almez, alarce, arrayán, atocha, retama, jazmín, azucena, albaca, zumaque, añil, etc., etc.; pero sobre todo el vocabulario entero de la hidráulica agricola pasó todo en una pieza á nuestra lengua, rambla, azud ó azúa, acequia, alberca, aljibe, alcantarilla, mahimon, almenara, azarbe, azuda, arcaduz, azadas de agua, martavas y albaláes de riego, alfarda, anoria ó noria, atanor, azacaya, tarquin, aceña, etc., etc., testigos vivientes del ministerio educador que los moros ejercieron en nuestra agricultura (Aplausos). Pues tanto como en Industria y en Agricultura, nos enseñaron en Comercio: antes que los catalanes principiasen á frecuentar con sus naves las regiones apartadas de Africa y de Asia, sirvieron de intermediario entre ellas y los Estados cristianos de la Península los mercaderes musulmanes avecindados en nuestras ciudades, con corresponsales ó factorías en Córdoba. Sevilla y Almería; el único medio de transporte terrestre en aquel tiempo, ha conservado el sello de su origen en los vocablos arabigos «recua» y «arriería;» de ellos aprendieron nuestros marinos á guiarse por la brújula, cumún ya en el siglo XIII en el archipiélago Balear y en las costas del Cantábrico, mucho antes de que lo usaran en el resto de Europa; nos enseñaron el contraste de pesas y medidas por medio de funcionarios especiales, que todavía se designan en nuestro derecho municipal con su antiguo nombre arábigo «almotacenes;» esas medidas así las de líquidos como las de áridos y superficiales, eran en su mayor parte recibidas de los musulmanes, lo mismo que sus nombres: cahiz, fanega, maquila, celemín, almud, marjal, arroba, adarme, tomín, alquéz, cántara, azumbre y otros; heredamos [Pg. 18] de ellos las casas de moneda más perfectas de Europa, dejándoles como testimonio, durante siglos, su nombre arábigo «zecas,» que aún hoy usan los numismáticos, y en ellas se acuñaron los primeros «maravedises» de oro y plata de Castilla, y los mitcales,» cuyos nombres y cuyo valor denuncian su origen musulmán; nos trasmitieron la institución comercial de las almudenas, que todavía se designan en España con nombres arábigos, «alhóndigas» y «almudíes;» estereotiparon en labios de nuestros mercaderes para perpetua memoria, los sustantivos que son suma y compendio de todo el comercio, dinero, aduana, márchamo, romana, tora, almacén, alquiler, almoneda, alcana, fonda, avería, albala, albaroque, adeala, alifara, ahorro, alcancía y otros; y de cien modos más fueron los primeros maestros del comercio español. Cuando en el siglo XVII aquella raza de moriscos diseminados por los reinos de Valencia, Granada, Aragón, Castilla y Murcia. descendientes de las tribus venidas siglos antes de Marruecos, y que formaban el nervio y la inteligencia práctica de nuestra nación fué expulsada de la península, trasformando provincias florecientísimas en páramos y despoblados, arruinando el fisco, dejando desiertas multitud de fabricas y de manufacturas, y convirtiendo á España «de Arabia Feliz en Arabia Desierta.» todavía entonces el fanatismo brutal y rabioso que inspiró tan criminal medida, tuvo que transigir con el saber de los expulsados, reteniendo en cada pueblo el seis por ciento de los moriscos para que fuesen maestros de los nuevos pobladores, y les enseñasen el cultivo de los campos y el trabajo de las fábricas y talleres, que los españoles embriagados con el oro de América, habian dado al olvido; renaciendo y prolongándose de esta suerte el magisterio de los antiguos berberiscos sobre los españoles, en el instante mismo en que los despojábamos de sus bienes y los sometíamos al fiero tormento de la expatriación. (Aplausos.) Por manera, señores, que analizándonos de esta suerte en el crisol reductor de lo pasado, no hallaremos una sola fibra en nuestro cuerpo, ni un sentimiento en nuestra alma, ni una idea en nuestra mente, ni una celdilla en nuestro cerebro, ni un giro de aire en nuestra atmósfera, ni un surco en nuestro suelo, que no lleve impresa la huella de aquellas razas berberiscas y orientales que hicieron de la Peninsula como faro luminosísimo en medio de las tinieblas de la Edad Media, y cuyo espíritu inmortal circula todavía como un calor sutil, como un asiento impalpable, por todos nuestros nervios y mueve nuestro brazo y manda á nuestra voluntad; y que si es verdad que España, por la geología y por la flora, se enlaza con Africa y no con Europa, también el pueblo español, por la psicología y por la cultura, ha de buscar al otro lado del Estrecho mas que al otro lado del Pirineo, la cuna de su civilización y la [Pg. 19] ascendencia de su espíritu, pudiendo decirse sin hipérbole que, así como para la historia natural, el África empieza en los Pirineos, en términos de historia humana, el Africa, para cada español, empieza en la planta de los pies y acaba en los pelos de la cabeza (Ruidosos y prolongados aplausos).

Y no es necesario, no, señores, buscar en lo pasado las raices de esa consanguinidad que une á los dos pueblos por secretas relaciones espirituales, y de ese magisterio civilizador que nos constituye en deuda para con los marroquíes, bástanos con abrir los ojos, que han sobrevivido en nuestro suelo á la desaparición de aquel gran pueblo las obras de su inteligencia y de sus manos, que forman hoy parte de la fortuna nacional. No basto que mientras vivieron entre nosotros, constituyeran los tributos de los moriscos el principal ingreso de la Hacienda española, y con ellos nos ayudaran á descubrir la América y á sostener las guerras de Argel, de Flandes y de Italia, que nos colocaron durante algún tiempo á la cabeza de la cristiandad; no bastó, no, que nos trasmitieran su saber agrícula, sus procedimientos industriales, sus métodos de construir, el vocabulario de su lengua, el tesoro de sus tradiciones literarias y científicas, el aliento todo de su espíritu: fuimos, además, los herederos de su fortuna. Heredamos de ellos el Alcázar de Sevilla y la Giralda, Gribralfaro y la Alcazaba de Málaga; la Aljafería de Córdoba y la de Zaragoza; los muebles de Sevilla y la atarazana de Almería; Santa María la Blanca y la Puerta del Sol de Toledo; el Generalife y la Alhambra de Granada, la Catedral de Córdoba, y cien otros monumentos, fortalezas, puentes, hospicios, puertas, torres, templos, y lo que vale más que todo, un género arquitectónico, llamado «mudéjar,» por el cual ocupamos los españoles un capítulo en la histosia de la Arquitectura, y todo un diccionario de la construcción, que anda todavía en boca de nuestros arquitectos, andamio, falca, maroma, algéz, adobe, adoquín, tabique, zaguán, azotea, zaquizamí, alcoba, algorín, alhacena, anaquel, alfeizar, alguaza, friso, azulejo, alicatado, taracea, ajaraca, ajiméz, ataurique, talco, albañil, alarife, barraca, choza, dársena, arsenal, atarazana, almacén, etc. Heredamos de ellos las almunias de Aragón y las alquerías de Andalucía; las riberas del Guadalquivir y Guadiana pobladas de almazaras de aceite; y las costas de Málaga sembradas de ingenios de azúcar, que después trasplantamos a Cuba y Puerto Rico; las famosas fábricas de armas y de bonetería de Toledo; las famosísimas de paños de Baeza y de Murcia; los obradores de curtidos de Córdoba, y los telares de seda de Sevilla y Granada. Heredamos de ellos el pantano de Elche, posteriormente reconstruido; las norias de Daimiel y Vinaroz: las azúas y cigoñales de Almería; los canales de Castellón y Almazora; las acequias Alquibla y Aljufía, de [Pg. 20] Murcia; la Real y la de Arabuleila, de Granada; la llamada de Tercia y la de Alberquilla, de Lorca; la complicada red de partidores de Elche; las acequias de Almoradí y Almoravit, de Orihuela; las de Favara, Mestalla, Benacher, Mislata, Moncada, Tormos, y otras de Valencia; y cien más en Zaragoza, Tudela, Calatayud, la Plana, Murviedro, Valencia, Alcira, Gandía, Burriana, Alicante, Cieza, Granada, Murcia, con sus robustas azudes, sus atrevidos túneles y acueductos, sus ingeniosos tajamares, sus monumentales sifones y sus sabias ordenanzas. Heredamos de ellos la vega de Zaragoza, creada artificialmente sobre la estepa; el pensil de Valencia, creado artificialmente sobre las arenas; los bancales y terrazas de Alicante; los cármenes de Granada; la maravillosa huerta de Murcia; el paraíso da Lanjarón. Defendemos nuestros puertos con fortalezas que levantaron ellos; atracamos nuestras naves en muelles que ellos construyeron; adoramos á Cristo en los mismos templos en que ellos elevaron sus plegarias á Alá; regamos nuestros campos con las mismas aguas que ellos alumbraron; habitamos las calles y arrabales que trazaron sus municipios; y hasta las familias más humildes, al ser expulsadas de la Península, nos dejaron sus plantíos, y viñedos, sus sembrados, sus arrozales, sus norias, sus bestias y aperos de labranza, el granero con sus provisiones, el hogar heredado de sus abuelos, las cunas en que sus pequeñuelos dormían el sueño de la inocencia, tan brutalmente interrumpido por nuestros antepasados, que, al mecerse en ellas, contrajeron moralmente el compromiso de mirar como hermanos á aquellas pobres criaturas que el fanatismo ciego de un obispo y la desatentada codicia de un ministro restituyeron al desierto é hicieron recaer en la barbarie, imponiéndonos el deber y la carga de redimirlos y traerlos otra vez á... (Atronadores aplausos que no permiten oir las últimas palabras del orador, e interrumpen su discurso por algunos momentos.)

Ya con lo que llevo dicho hasta aquí, principia á apuntar el criterio que á mi juicio, debe informar toda la política hispano—marroquí. Los marroquíes han sido nuestros maestros y les debemos respeto; han sido nuestros hermanos, y les debemos amor; han sido nuestras victimas, y les debemos reparación cumplida. (!Muy bien!) Nuestra política con Marruecos debe ser, por lo tanto, política de intimidad y política de restauración. Si tal política pudiera ser contraria á nuestros intereses del momento, todavía, á pesar de eso, se la recomendaría yo á mi patria, considerando que sólo son dignos de la vida los pueblos que saben sacrificar su provecho temporal á un impulso del corazón y que ponen por encima de todo la santa religión del deber. (Muy bien aplausos). Otras naciones, seguramente menos obligadas que nosotros, nos han dado el ejemplo en nuestros mismos días. Inglaterra [Pg. 21] resucitó á Grecia, sacrificando sus conveniencias como nación al placer puramente ideal de contemplar en pié á la raza más ilustre de la antigüedad, por amor á los escultores que habían poblado sus museos y á los poetas y filósofos que formaban el canto de su juventud en las escuelas. Francia ha resucitado á Italia, sacrificando la razón de Estado á un impulso de sentimentalismo, á un afecto del corazón, empeñado en evocar del sepulcro á la madre generosa de las naciones latinas. Pueblos así, que obran tales resurrecciones, son pueblos creadores; y en este mundo de progreso y de crecimiento, solo las naciones que crean son órganos vivos de la humantdad. Pues bien señores, lo que Inglaterra hizo respecto de Grecia, lo que Francia ha hecho respecto de Italia, la nación española debe hacerlo por ese pueblo marroquí que fundó en Córdoba una nueva Roma y en Granada una nueva Atenas; y debe hacerlo independientemente de toda consideración política: primero, por dar satisfacción á esta ansia de ideal y á este instinto creador que ha principiado á despertarse en nuestro pueblo, no bien ha visto asegurada su redencion tras una caida tres veces secular; luego, por espíritu de reciprocidad y deber de agradecimiento; y ultimamente, como desagravio á la memoria de aquel pueblo nobilísimo, lanzado por nosotros impiamente á la barbaríe, por amor á sus poetas, á sus filósofos, á sus arquitectos á sus historiadores, á sus geógrafos, á sus industriales, á tantas millaradas de sabios, cuyos huesos, pulverizados por los siglos, sirven todavía de alimento á nuestras mieses, y cuyo espíritu fluye todavía, cargado de ideas como en oleadas de electricidad, por todo el sistema circulatorio de la sociedad española. (Prolongados aplausos.)

El primer corolario que lógicamente surge de aquí, es este: Marruecos y España deben conservar su mutua independencia, renunciando en absoluto á conquistarse una á otra. En los primeros años de este siglo, el rey de España Carlos IV comisionó á nuestro insigne viajero Domingo Badía para que, fingiéndose descendiente del Profeta, fuese á África á realizar cierto plan que había de dar por resultado la conquista de Marruecos por España; y coincidencia singular, en aquella misma ocasión, el emperador de Marruecos, Muley Suleymán, quiso confiar al fingido abasida la reconquista de España, por la cual suspiraba como el mayor ideal de su vida. Hoy ya, por fortuna, ni Marruecos sueña con la imposible reconquista de España, ni España con la absurda reconquista de Marruecos. No es que falten allí espíritus aventureros y románticos, inspirados santones y pseudo-profetas, que viven en pleno siglo de almoravides y almohades, imaginando nuevas invasiones por Tarifa y nuevas victorias en la Janda y en Alarcos, y apagan la sed de ideal que siente su alma acariciando promesas que Mahoma les habría comunicado [Pg. 22] en sueños de someter un día nuestra Península á su culto, y restituir á sus fieles el dominio de Córdoba y Granada, y sustituir á los toques de la campana de Toledo el grito resonante del muezín. No es tampoco que falte aquí una minoría de Campeadores inéditos y Pizarros en agraz, que viven en pleno romancero morisco y en plena apopeya del Cid, que sienten bullir en sus venas la sangre caliente de los guerrilleros de la Edad Media y de los conquistadores de América, y sueñan con otra Navas de Tolosa y otro asalto de Tánger, y fantasean consagraciones de mezquitas en iglesias y constitución de encomiendas y feudos en las vertientes casi vírgenes del Atlas. Solo que esos que piensan de tal modo, son supervivientes de otra edad, notas discordantes que se apartan de la idea nacional. Más ó menos clara, más ó menos oscura, esta idea;—por cierto, la primera que ha brotado espontáneamente, como una señal de los nuevos tiempos, en el pensamiento político de la España moderna, sobre la ruina de los antiguos ideales exteriores,—viene á condensarse en esto: Marruecos cumplió en la Edad Media el destino providencial de fundar una civilización en nuestra Península, y España tiene en la Edad Moderna la misión providencial de promover una civilización en Marruecos; y esa misión costituye un deber moral que ha de cumplir, so pena de faltar á una de las razones de su existencia; y ya la historia de lo pasado nos ha enseñado con repetidos ejemplos, que los pueblos que no tienen razón de existir, no tardan en desaparecer, que los pueblos que son todo para sí, que no viven para la humanidad, que permanecen recluidos en su concha, consagrados al culto de sí propios, eternos célibes de la Historia, sin dejar descendencia en el registro civil de las naciones ni en el reino de las ideas, enferman y perecen sin remedio, como si la Tierra se cansara de sustentar sobre sí sepulcros que presumen de viviendas, y cadáveres que pretenden codearse con los vivos sin más título para ello que el de haber vivido en otros siglos y ltevar en sus venas, en vez de sangre caliente, el galvanismo de sus recuerdos. (Bravo, prolongados aplausos).

Pero por esto mismo, no basta que España respete por sí la integridad y la independencia de Marruecos: debe, además, garantirla contra todo intento de anexión, protectorado ó desmembramiento. Y en esto, señores, la ocasión no puede ser más crítica. Marruecos se agita á vueltas entre dos peligros, Francia é Inglaterra: Francia, que aspira á una anexión; Inglaterra, que aspira á un protectorado: Francia que quiere hacer de Marruecos una Argelia; Inglaterra que quiere hacer de Marruecos un Egipto. Y la historia—¡siempre la historia!—nos enseña lo que España debe hacer en semejante trance. Esos que son los enemigos encubiertos de Marruecos hoy, fueron nuestros enemigos [Pg. 23] ayer, y de igual suerte que Marruecos nos ayudó ayer contra ellos, debemos proteger hoy contra ellos á Marruecos. En una de las últimas guerras que hemos sostenido con la Gran Bretaña, el Gobierno del Sultán nos prestó ayuda eficacísima en víveres y auxilios de todo género, para el bloqueo que pusimos á Gibraltar en 1766; y cincuenta años mas tarde, á principios de este siglo, en la última guerra que hemos sostenido con Francia, debimos otra vez servicios valiosos á Marruecos, que abasteció de todo lo necesario las plazas de nuestro litoral y sobre todo, Cádiz; cuando la nación ardía en sangrienta lucha contra los ejércitos napoleónicos, y el Gobierno y las Cortes se hallaban recluidos en aquel nuevo Covadonga, último baluarte de nuestra nacionalidad y de nuestra independencia. Esas pruebas de amistad están en pié todavía, y no han podido borrarse de la memoria de los españoles: la gratitud tan solo, si no hubiera razones más altas, obligaría á España á constituirse en fiadora y garante de la nación marroquí, en lo que no alcance á garantizarse á si propia. España debe evitar al mundo el doloroso espectáculo de una segunda Polonia, descuartizada, hecha pedazos para saciar la voracidad de dos ó tres potencias; debe tender su égida, protectora sobre Tánger, que el director de obras de Gibraltar está artillando para que Inglaterra se la encuentre fortificada el día con tan tenaz perseverancia y con tan diabólica previsión por ella preparado, en que vendiendo protección á Marruecos, consiga hacer de aquella ciudad un nuevo Gibraltar inglés al otro lado del Estrecho; debe salir al encuentro de Francia en las líneas de Figuig y del Muluya, que amenaza rebasar de un día á otro con sus ejercitos; debe mantener el reconocimiento de la soberanía del Sultán en las costas del Sus y del Guad-Nun, puesta en litigio y aún negada por astutos diplomáticos que saben está en ellas la llave de todo el Moghreb, y pugnan por conseguir allí, por medios indirectos, adquisiciones territoriales; debe no cejar un punto en sus exorcismos, hasta romper el encanto con que Inglaterra ha logrado envolver en sus redes el imperio y sujetarlo á su taimada y artificiosa política, reduciendo á Muley Hasán á la categoría de un rajá indio, y á Mohámmed Vargas á la categoría de un subsecretario del embajador inglés; debe oponer la convención europea de Madrid, debidamente interpretada, á las locas esperanzas y pretensiones que funda Francia en la declaración de súbdito francés hecha á favor del xerife de Uasán, pretensiones que van hasta la ocupación de un vasto territorio, no siquiera fronterizo, sinó interior, en el Imperio marroquí, y á las cuales, repito, debe oponer España el veto más absoluto , sin detenerse ante el temor de complicaciones ó de sacrificios, aún cuando sea preciso considerar el empeño de Francia como un «casus belli» (Muy bien, bravo, aplausos); [Pg. 24] que si bien España, y debo poner este comentario à esos aplausos, quiere vivir perpetuamente en paz con el pueblo francés, considerándolo como un hermano y rechazándo toda alianza que pueda redundar en daño suyo (Aplausos), este deseo no puede ir, no irá nunca hasta sacrificar á una nueva veleidad de su espíritu aventurero el derecho que Marruecos tiene al respeto de las demás naciones, y la obligación en que España está de garantizarle ese derecho por virtud del ministerio tutelar que le ha conferido la historía. (Grandes aplausos.)

Tal es, señores, nuestro deber; ahora debo añadir que tal es así mismo nuestra conveniencia. Los intereses de España y de Marruecos son armónicos. Yo tengo para mi que la línea estratégica de ciudades y de fortalezas que poseemos al otro lado del Estrecho, desde Céuta á las Chafarinas, nos es tan necesaria, hoy por hoy y forma parte tan integrante de nuestro territorio como la línea estratégica de fortalezas que se extiende por la cuenca del Ebro, desde Montjuich hasta Pamplona. Pues bien, para conservar en nuestro poder aquel cordón de posesiones, es indispensable que no se establezcan detrás Francia ni Inglaterra terra; la transformación de Marruecos en colonia francesa ó en colonia británica, llevaría consigo, como consecuencia necesaria, la expulsión de España de aquella costa, lo mismo que de la costa occidental, ó sea, de Santa Cruz de Mar Pequeña; seguiríase á eso la pérdida de las Baleares y de las Canarias; y así estrechada España entre dos Inglaterras ó entre dos Francias, en bloqueo permanente sus costas mediterráneas, no tardaríamos en ver atacada su independencia en el corazón mismo de la metrópoli. Lo repito: lo que á España interesa, lo que España necesita, no es sojuzgar el Moghreb, no es llevar sus armas hasta el Atlas; lo que á España interesa es que el Moghreb no sea jamás una colonia europea; es que al otro lado del Estrecho se constituya una nación viril, independiente y culta, aliada natural de España, unida á nosotros por los vínculos del interés común, como lo está por los vínculos de la vecindad y por los de la historia; lo que importa á España es que Marruecos vuelva á ser aquella poderosa nación que en el siglo XVI, bajo el gobierno del insigne Muley Áhmed, el Dorado, llevó sus armas y sus leves al corazón del África, sometiendo todas las naciones bárbaras hasta los confines de la Guinea, y solicitó siempre la amistad y la alianza de España, prefiriéndola aún á la de los turcos, con ser hermanos suyos en creencia; lo que á España interesa es que Marruecos vuelva á ser por lo pronto, aquella nación de fines del siglo pasado, regida por Sidi Mohámmed, uno de los mejores políticos que han brillado en la historia del Moghreb, digno émulo de los soberanos ilustrados que por aquel tiempo reinaban en toda Europa, amantísimo de España, apasionado de la civilización [Pg. 25] europea, que abolió la piratería, aun á precio de acabar con la marina militar del Imperio, y dió libertad á los millares de cristianos que gemían en cautiverio en los calabozos de sus ciudades, ajustó tratados con todas las potencias del Mediodía de Europa, abrió las costas al comercio europeo, construyó puertos, llamó arquitectos, médicos, pintores, matemáticos, industriales y jardineros de Europa, montó una administración á la europea y por europeos dirigida, é hizo todo lo posible porque Marruecos ganase en obra de años los dos siglos que traía de retraso, consumidos en guerras de sucesión, alzamientos de tribus, rencillas de harén y motines de la guardia negra, como se hubíese logrado, á haber heredado su mismo espíritu los que le sucedieron; en una palabra, lo que al deber y al interés de España importa,—y esto que voy á decir ahora acaso escandalice á algunos, que no está hecha España todavía para tales atrevimientos de lenguje, y tal vez ni para tales audacias de pensasamiento—lo que España debe ambicionar es que, por obra suya, por ministerio suyo, no por ministerio ni por obra de ninguna otra nación, Marruecos se regenere tan por completo, que llegue á inscribir en el programa de sus ideales nacionales la reivindicación de Ceuta, como nosotros contamos ya entre nuestros ideales propios la reivindicación de Gibraltar. (Aplausos.)

No faltará quien tome todo esto á cuenta de fábulas y de vanas imaginaciones, objetándome, poco más ó menos del tenor siguiente: «Pues qué ¿no hemos convenido ya en que el pueblo marroquí es un pueblo indisciplinado, bárbaro, amigo del latrocinio, refractario á todo progreso? ¿Ignora nadie que ese pueblo ha caido en tales abismos de ignominia, que su regeneración es imposible y que está condenado por una fatalidad inexorable á disolverse y desaparecer?». ¡Ah, señores! De este género de ex-comuniones y condenaciones, ex-cathedra por filósofos y filosofantes, están llenas las historias, pero rara vez han dejado de salir fallidas: hace veinticinco años dijo eso mismo de nosotros el insigne Buckle, honor de la historiografía inglesa, y sin embargo, á despecho de sus predicciones y de su lógica, España se regenera y se levanta. ¿Qué se opone á que suceda otro tanto con Marruecos? ¿Acaso sus creencias religiosas? Pero ya nuestro ingenioso y profundo Murga reflexionó que el Alcorán existía en los tiempos mas gloriosos de la civilización marroquí, que a pesar de la Biblia y del Evangelio vivía por entonces en la barbarie el resto de Europa, y que cristianas son, y muy cristianas ciertas naciones contemporáneas que tendrían mucho y muy bueno que imitar, en civilización, industria y producciones, de algunos retógrados ó estacionarios musulmanes. Seguramente que no será tampoco el suelo, de mayor opulencia y fertilidad que el nuestro: con una extensión igual á la de la península, su [Pg. 26] población es solo la mitad; disfruta de un clima templado y delicioso, que en nada se parece al seco y abrasado de las llanuras argelinas; sus anchas vegas con un cultivo imperfectísimo, producen de veinte á veinticinco por ciento, y á las veces siguen á la primera cosecha otra y otra, dentro del mismo año; súrcanlo ríos innumerables de corriente suave, susceptibles de derramarse por los campos con no costosas sangrías, y algunos de los cuales pueden facilmente hacerse navegables hasta el corazón del imperio; cubren sus montes praderas y selvas de vegetación salvaje, ricas en pasto, en maderas de construcción y en corchos, aceites y gomas; su riqueza minera corre parejas con la del suelo; asoman á flor de tierra los carbones, las piritas de cobre y hierro, el zinc, el estaño, el plomo y la plata, convidando con sus filones vírgenes é inexplotados al genio milagroso de la industria moderna. ¡Pero el pueblo...! dicen los que no lo conocen más que por descripciones fantásticas de turistas preocupados ó poco escrupulosos, más atentos al efecto que á la verdad.

Pues bien, la virtualidad de aquella raza corresponde á la virtualidad de su territorio. Tenemos formada de los marroquíes una idea muy equivocada, tan equivocada como la que tenían de nosotros los ingleses y franceses hace pocos años, y tal vez aún hoy. Un pueblo que es tan inteligente como el nuestro, y no más inmortal ni más refractario á la disciplina de las leyes que cualquiera otro de Europa; donde sin policía y sin guardia civil se disfruta de más seguridad personal que en algunas calles de Londres y que en algunas provincias de España; donde se cometen menos robos y menos asesinatos que en cualquier otro país de nuestro continente; donde sucede celebrarse ferias en medio de un despoblado, á que concurren hasta 20.000 personas de tres distintas religiones, que ajustan tratos por un millón de reales, sin que al cabo del día se haya registrado una herida, ni un hurto, ni una reyerta; donde los mercaderes, sean extranjeros ó indígenas, transportan sus caudales, sin temor ni recelo, sobre un camello ó una mula, por caminos extraviados y desiertos, con un arriero por todo acompañamiento, ó á lo sumo, con escolta de un soldado sin armas; donde á los agentes indígenas les entrega el comerciante europeo miles de duros sin recibo y sin testigos, para que vayan á hacer sus compras en los zocos y aduares del interior, con una pequeña comisión; donde se hacen préstamos á los labradores, con garantía de siembras ó ganados de cuya existencia no tiene el prestamista más noticia que la que le da bajo su palabra el deudor, no habiendo otro registro de la propiedad que su propio memoria; y, donde, por último, se conserva el sentimiento de la hospitalidad, tan vivo como en los días bíblicos de Abraham, sin que se pregunte jamás al que se acerca á una jaima, á compartir su pobreza, si es musulmán ó [Pg. 27] cristiano;—señores, un pueblo así, no puede decirse que sea un pueblo abyecto, degradado, corrompido, inaccesible á todo progreso y que repugne el yugo de la vida civil: es un pueblo que ha decaído, como decaímos nosotros, y que lo mismo que nosotros puede regenerarse y restaurar el antiguo esplendor de aquellas dos Atenas africanas, Fez y Marruecos, que contaron ciento veinte bibliotecas y cuatro universidades, adonde acudían sabios y literatos de Europa y Africa, y hacer brillar en ellas una nueva civilización, émula de la nuestra, y servir con ella la causa de la humanidad, extendiendo su magisterio civilizador á las tribus bárbaras del Desierto. (Aplausos).

Pero la obra de la regeneración de Marruecos necesita fomento y estímulo del exterior: ¿á quién incumbe realizarla ? Al mismo que la ha iniciado: á España. Porque es de advertir que no se trata de un plan escrito en el papel y de dudoso éxito: la nación marroquí ha realizado desde 1860 grandes progresos, y los ha realizado por ministerio, principalmente, de España. Con los tratados de Guad-Rás y de Madrid, y con otros convenios posteriores, dió el primer paso en el camino de su regeneración: limitamos el poder despótico de la administración, creando la protección censal: abrimos de par en par las costas y el interior á los extranjeros, conquistándoles el derecho de viajar por todo el Imperio y de establecerse en él, adquiriendo tierras ó edificios que antes no podían; trazamos caminos á los mercaderes, y la riqueza del pais principió á desenvolverse por el comercio; organizamos sus aduanas, y el gobierno aprende en ellas lo que es un impuesto bien administrado; establecimos un servicio de correos, dando á las poblaciones de la costa aspecto de poblaciones europeas; introdujimos un plantel de escuelas con nuestros misioneros. Desde entonces, ha principiado Marruecos á ser conocido y ponerse en contacto con Europa; la corte del Sultán se ha hecho más humana; sus relaciones con las naciones civilizadas se han regularizado; los consulados se han tornado plenipotencias; son respetados los tratados, que antes no lo eran; se paga con regularidad la deuda pública; hay seguridad para las personas y para los bienes; se han quebrantado el fanatismo y la preocupación que aún á las clases más ilustradas hacían odiar con odio mortal á los cristianos; los extranjeros viajan libremente y sin riesgo por el interior; jóvenes marroquíes vienen á educarse á las escuelas de Europa, pensionados por el Tesoro público; comerciantes musulmanes de Fez han fundado casas de comercio, en Liorna, en Marsella y en Manchester, para el tráfico entre Marruecos y Europa; en alguna población, la arquitectura europea ha principiado á rasgar las paredes de las casas, abriéndoles ventanas; hay ya labradores que estercolan sus tierras, y aduares donde los musulmanes se han encargado de cuidarles [Pg. 28] los cerdos á los cristianos; el comercio exterior aumenta de año en año. En una palabra, Marruecos ha dejado de ser un pueblo oriental. Ahora viene el hacer de él un pueblo occidental y por decirlo así, europeo. ¿Quien ha de dar este segundo paso?

Ya lo he dicho: también España, y no puede ser otro que España. La razón es obvia. Para que dos espíritus puedan entablar conversación, penetrar el uno con el otro, comunicarse y trasmitirse lo que son, prestar guía y tutela el mayor al menor de edad, es preciso que exista entre ellos cierta consustancialidad, cierto parentesco, cierta homogeneidad, y esta homogeneidad solo se engendra cuando les son comunes el medio natural y las tradiciones históricas. España y Marruecos disfrutan de uná misma geología y un mismo clima, y por tanto, de unas mismas producciones y alimentos: españoles y marroquies han vivido juntos durante siglos, sometidos á unas mismas leyes políticas y á un mismo Gobierno supremo; en las mismas ciudades, bajo la autoridad de un común magistrado municipal; alzándose la mezquita al lado de la basílica, tolerándose uno al lado del otro los dos cultos, con gran escándalo de los extranjeros que por acaso viajaban en la Península, cruzándose la procesión de los cristianos, que iba á las ermitas de sus santos, con la procesión de los musulmanes, que iba á los sepulcros de sus santones; han litigado en unas mismas Chancillerías en grado de apelación contra las sentencias dictadas por los juzgados cristianos de Partida y por los juzgados muslímicos de la Zunna, que los moros sometidos conservaran; han labrado juntos una misma vega, siendo regulado el uso de las aguas de riego por un tribunal compuesto de dos jueces, uno nombrado por los cristiános y otro por los moros; han cursado en unas mismas escuelas y estudiado en unos mismos libros; han puesto sus ideas en común; han hablado una misma lengua; han mezclado su sangre. No olvidemos que, al tiempo de la expulsión, hubo que tomar providencias especiales respecto de los cristianos viejos que estaban casados con mujeres moriscas, y respecto de los moriscos casados con cristianas viejas: que todavía son comunes en España apellidos de origen musulmán, como Albaida, Albornoz, Benimeli, Benjumea, Alguedel, Benayas, Cid, Alvendin y otros, y que todavia son comunes en Marruecos apellidos de origen español, como Vargas, Rubio, Lozano, Sánchez, López, Guzmán, García; que el ministro de Estado del Sultán, que ha venido Europa, lleva apellido español, Sidi Vargas, y que el indicado para sustituir al gobernador actual de Casa—blanca, también es oriundo de españoles, Sidi Torres; no olvidemos tampoco que el extranjero que se establece en Marruecos, principia por aprender la lengua española, para entenderse con hebreos y con musulmanes. He aquí señores, por qué Marruecos puede ser discípulo de España y no [Pg. 29] de otra nación alguna, á menos de una gran violencia, á que el espíritu humano no suele doblegarse. Durante la Edad Media, fué Marruecos el mediador por cuyo conducto vino á España la civilización de Oriente; en la Edad Moderna, España ha de ser el mediador por cuyo conducto penetre en Marruecos la civilización europea. Es una imposición hasta de la Geografía: mirad el mapa: parece España como una mano, no una mano cerrada que empuña el acero, sinó una mano abierta que Europa adelanta á través de dos mares, saliendo al encuentro de Marruecos para estrechar la suya y traer á esa nación, noble y desgraciada, á paeticipar de esta civilización moderna para la cual puso hace siglos la primera piedra. (Aplausos).

Pero, ¿y la guerra de 1860? se dirá por ventura: el ejército de soldados de la primera etapa, ¿no habrá hecho imposible al ejército de maestros, de ingenieros, de médicos, de colonos y de comerciantes, que habría de sucederles ahora? No, como no ha sido obstaculo á la unión cordial de las Provincias Vascongadas con las demás de España, la guerra civil de los siete años: la guerra de los siete años en el Pirineo y la guerra de 1860 en Marruecos, son dos guerras gemelas, guerras de civilización, y por encima de ellas, vencedores y vencidos se estrechan la mano, como hermanos reconciliados que vuelven al regazo de la madre común. (Aplausos). Precisamente, esa idea de confraternidad entre los dos pueblos del Estrecho, que encuentro latente, como una aspiración vaga en estado de formación, todavía casi inconsciente, en el fondo del espíritu colectivo, se anunció por primera vez la víspera de firmarse la paz, y se ha ido acentuando y fortaleciendo con el transcurso de los años y el correr de los sucesos, casi siempre inspirados en ella. Fuimos humanos y caballerescos hasta el extremo, y lo hemos seguido siendo: reclamamos una indemnización de guerra mezquina; rebajamos todavía de ella un millón de duros; perdonamos los gastos de cobranza, unos 100 millones de reales, y lo que es más, los réditos del capital que, en veinticinco años, habrían importado casi otro tanto, 300 ó 400 millones; nos habría convenido exigirle esa indemnización en cuatro plazos fatales, conforme á lo pactado, porque no habría podido satisfacerlos, y nos hubiésemos cobrado en territorios, y sin embargo, preferimos tomar en hipoteca las aduanas del Imperio, y organizarlas é intervenirlas por empleados nuestros, prestándole á un tiempo dos servicios; habría convenido al desarrollo de nuestro comercio en Melilla y á la realización de empresas políticas sobre el Rif, entonces posibles, no permitir al Sultán intervención alguna en la importación y exportación por aquel puerto, y sin embargo, lo hemos admitido, no ya en el campo exterior, sino dentro de la plaza, una aduana que le produce muy buenos rendimientos, y que, además, le sirve de reconocimiento [Pg. 30] implícito de su soberanía sobre el Rif, de hecho independiente; nos habría convenido en 1867 prestar oídos á la embajada del Habib-ben-Beiruk, que nos brindaba un territorio en sus costas del Guad Nun, para que abriésemos en ellas puertos comerciales y edificásemos fortalezas, y á pesar de que el Sultán se declaró impotente para conseguir la libertad de tres españoles cautivos en aquel país, España desoyó tan ventajosas y lisonjeras proposiciones, porque hubiera sido «una ingerencia en los negocios interiores de Marruecos y una deslealtad para con el Sultán,» como escribía á los cautivos mismos el Sr. Merry, embajador de España en Tánger; nos habría convenido en 1880 otorgar á los jefes de las kabilas rifeñas la protección que solicitaban de nosotros, y aun la nacionalidad española, como lo ha hecho después Francia con el xerife de Uasán, y, sin embargo, celosos de la integridad del territorio marroquí, denegamos la instancia de los rifeños, porque, como decía el Jefe del Gobierno, Sr. Cánovas, en el Congreso, hubiese sido una injusticia y una cobardía atentar á la integridad del Imperio marroquí. «consistiendo el deber y la política de España en tratar á Marruecos, que es relativamente débil, como podríamos tratar á los más fuertes;» nos habría crnvenido extender los privilegios de la protección consular, porque á quien principalmente servían era á los colonos, no á los comerciantes, y en Marruecos no hay ni habrá nunca otros colonos extranjeros que los españoles, y, sin embargo, no sólo no extendimos, sino que renunciamos en 1880 á esos privilegios, que mermaban los ingresos del Sultán el número de sus súbditos; nos habría convenido tratar de Santa Cruz de Mar Pequeña directamente con los jefes del Sus y del Guad Nun, considerando estos territorios como independientes de hecho y de derecho, para lo cual sobraban los pretextos, y hasta los motivos, y, sin embargo, hicimos al Sultán el favor de pedirle una y otra vez, con enojosa insistencia, esa concesión en puntos donde él juraba no ejercer soberanía, y le hemos inducido, contra los deseos de Francia é Inglaterra, á que visitara aquel territorio, dándole pié con esto á agregar definitivamente el Moghreb todo un reino y desbaratar las cábalas de aquellas dos potencias. Señores, ¿qué más habríamos hecho por Marruecos, si hubiésemos sido marroquíes? Ha sido España para esa nación, más que una hermana mayor, una madre excesivamente complaciente y cariñosa; y se diría que en este primer instante del despertamiento del pueblo español á la política exterior, Marruecos ha sido. nuestra debilidad.

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Hace sescientos años, se fundó en Toledo, en Murcía y en Sevilla ciertos Estudios ó Universidades arábigas para que los [Pg. 31] cristianos aprendiesen ciencias de los profesores musulmanes: pues España debe fundar ahora en Ceuta, y aún en Fez mismo iustituciones análogas, para que la juventud marroquí aprenda de profesores españoles la medicina, física, química, astronomía, geología, historia natural, geografía, é historia; hacer de Ceuta y de Melilla poblaciones bilingües; sustituir los presidios por institutos y escuelas especiales, adonde puedan enviar sus hijos los moros de las kábilas fronterizas; crear una imprenta arábiga, que difunda por todos los ámbitos del Imperio, con el periódico y el manual, los progresos de la ciencia moderna; establecer una facultad de derecho indígena, con la mira de formar un plantel de jurisconsultos que en su día puedan servir de base á la organización de la justicia en el Imperio, y otra facultad de medicina, que ahuyente poco á poco la turba de charlatanes y ensalmadores á quienes está hoy confiada la salud de los marroquíes, y otra facultad militar, que inicie á los oficiales del Sultán en las artes modernas de la guerra; planes todos á que se presta, por una parte, la afición que ha principiado á despertarse en el Gobierno mogrebí á enviar jóvenes pensionados á las escuelas del extranjero, y de otro lado, la circunstancia de existir ya en Ceuta un principio de escuela primaria bilingüe, arábiga y española, para los hijos de los tiradores del Rif, y en otras poblaciones de Marruecos escuelas de árabe dirigidas por misioneros españoles. Lo mismo que de la ciencia, ha de decirse de la administración y del trabajo, España debe inspirar al Gobierno marroquí el gusto por las obras públicas, prestándole sus ingenieros, como se los ha prestado hace un año para explorar la costa del Sus y del Guad-Nun y señalarle el emplazamiento de futuros puertos comerciales; iniciarle la apertura de vías de comunicación, construyendo cuatro ó cinco trozos de carretera á partir de Ceuta, de Santa Cruz de Mar Pequeña y de Melilla: colonizar los campos de estas plazas del modo más intensivo posible trasformándolas en poblaciones civiles y agrícolas de importancia, con propios elementos de vida, encauzar hacia Marruecos parte de emigración hispano-argelina, removiendo los obstáculos que dificultan allí la vida de nuestros colonos, adquiriéndoles el derecho de comprar y arrendar casas y tierras de labor sin permiso de las autoridades, etc,; enseñarle á alumbrar aguas para riego, enviándoles ingenieros, y sobre todo, colonos alicantinos y murcianos de esos que han enseñado prácticamente á Francia el modo de fertilizar los abrasados llanos de la Argelia, creando la admirable huerta de Mitidjr: convertir à Ceuta en lo que fué en otro tiempo, ciudad eminentemente fabril y manufacturera, ejemplo y estímulo, y al propio tiempo, escuela y plantel de operarios y de fabricantes para todo el Moghreb: aclimatar en el las industrias de mar, ensanchando el taller de la maestranza de Ceuta, hasta convertirlo en un astillero como [Pg. 32] el que poseía no hace aún mucho tiempo, donde se construían fragatas y bergantines, con lo cual, sobre restituir a aquella plaza su antigua vida marítima, constituiría en una como escuela naval práctica para Marruecos; mejorar el correo que tenemos establecido en la costa y extenderlo á las ciudades principales del interior; instalar una ó dos líneas telegráficas; enviar á Fez misioneros de los que hay en las poblaciones marítimas, para que funden un gran hospicio y consulta médica á la vista del Gobierno, construir puertos comerciales, con sus faros correspondientes en Ceuta, Melilla y Chafarinas y otro en la costa occidental, en frente de Canarias, para hacer partícipes de los beneficios de la civilización á las tribus del Sus y del Guad–Nun; subvencionar una línea de vapores que enlacen los puertos de la Península y Canarias con los de Marruecos y con nuestras plazas del Rif; negociar la libertad de exportación sin licencia del Sultán, para que no se dé el caso singular de que Andalucía consuma trigo de Rusia y de los Estados-Unidos, teniendo á la vista, henchidos de grano, los silos da los labradores berberiscos, y que el mismo Ceuta se abastezca de harinas de Marsella teniendo abundancia de trigo las kábilas fronterizas.

Celebrar un tratado de comercio, cuidando de no cometer en él la serie inverosímil de torpezas que cometieron por parte de Espada en el de 1861, y de recobrar los derechos adquiridos el siglo pasado y renunciados después; buscar un punto de apoyo para las reformas en la juventud marroquí, formando una generación de médicos, ingenieros, industriales, militares y jurisconsultos, con todos los gustos, las exigencias y las aptitudes de la cultura moderna; poner al lado del Gobierno del Sultán diplomáticos de genio que, con su influjo moral, procuren templarlo, inculcarle los principios de moderación y de justicia en que se inspiran los Gobiernos europeos, encaminar todos sus actos al bien del pueblo y sugerirle reformas económicas y administrativas, removiendo al efecto al plenipotenciario actual, modelo de probidad entre los diplomáticos acreditados en Tánger, pero que, si no por natural cansancio, ni por falta de aptitud, de celo, de energía ó de patriotismo, por otras causas que ignoramos, más parece enemigo que defensor de los intereses de España en Marruecos. De estos y demás medios prácticos que yo me proponía plantear, según es obligado en una introducción, os hablarán con más conocimiento de causa los señores Rodríguez, Azcárate, Saavedra y Carvajal: la mesa me recomienda que haga ya punto final, y concluyo obediente.

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