“FAKE NEWS”: MANIPULACIÓN Y DEMOCRACIA

Miguel Larragay

Jueves, 9 Mayo, 2019

El concepto de fake news hace acto de presencia en la vida cotidiana de la sociedad desde hace ya varios años, especialmente tras las victorias de Trump y el Brexit. Las nuevas tecnologías han supuesto que hoy en día vivamos en la época del mayor acceso gratuito y libre al conocimiento, aunque irónicamente han tenido el efecto simultáneo de desnaturalizar las fuentes de información. Hoy, prácticamente cualquier persona puede generar desde el sillón de su casa una historia, una noticia o una imagen que llegue a miles de personas.

Tampoco podemos engañarnos y pensar que todo lo viejo fue mejor, porque la manipulación con fines políticos no es algo nuevo (el caso de la niña Nayirah, en el conflicto Irak-Kuwait, sigue siendo un ejemplo de manipulación a gran escala para justificar una invasión militar), pero el alcance de las fake news es ahora más rápido, más sencillo y más barato, aunque con consecuencias igual de importantes.

La situación actual, a escasos meses de las elecciones nacionales y europeas, es de tal gravedad que, en el seno de la Unión Europea, llevan más de 2 años trabajando en políticas para combatir la manipulación política. La Comisión europea lleva meses trabajando con las principales canales de información (Twitter, Facebook, Instagram, Google, Youtube y Whatsapp) para luchar contra las campañas de desinformación, pero el modelo de la “autorregulación” adoptado parece insuficiente. Los bots pueden detectarse, y también el envío de bulos a gran escala, pero no cabe control cuando son periodistas verificados, o grandes autoridades políticas, los que, con un fin electoralista, difunden información sesgada que recibimos los ciudadanos de a pie.

Es por ello que otro sector reclama una medida más directa y garantista a corto plazo: la regulación legislativa de todo aquél contenido que pueda estar dirigido a engañar y manipular.

Esta segunda opción, por la que muchos gobiernos empiezan a decantarse, parece que equivaldría a tener constituido un “Ministerio de la Verdad” que nos acercaría un poco más a la distopía orwelliana del control gubernamental. Desde luego, esto supondría renunciar a la libertad de expresión tal y como la conocemos ahora, pues estaríamos dando el control a unos partidos políticos que, en buena medida, ya son ahora los principales beneficiarios de la desinformación.

Es cierto que una regulación de estas características plantea notables riesgos, y su puesta en marcha es problemática y resulta, incluso, poco creíble. Esto no quiere decir que, frente a las mentiras a las que estamos expuestos constantemente, no haya nada que pueda hacerse, aunque para poder proteger la libertad que poseemos para debatir, opinar y pensar, sí hemos de aceptar6, como punto de partida, una cierta debilidad ante los manipuladores.

Por eso, tal vez el primer paso sea empezar por revisar nuestro comportamiento como sociedad, y ello pasa por reconocer que hemos dado la espalda a la objetividad, puesto que sin ella nos es más fácil aceptar que nuestros deseos pueden hacerse realidad. Sin embargo, así estamos construyendo el escenario ideal para conceder un mayor poder a élites oportunistas a cambio de unas promesas vacías o irrealizables.

Es necesario que seamos cada vez más críticos con nuestra forma de analizar a los candidatos políticos, sobre todo aquellos que son más afines a nuestra ideología, y no caer en el conformismo de pensar que los “otros” sólo dicen mentiras y los “nuestros” sólo dicen la verdad.

También los periodistas tienen gran responsabilidad en este cambio cultural. Son ellos los que tienen que, ante la falta de medios y tiempo de la ciudadanía, guiarnos con la neutralidad y objetividad que sería deseable en cualquier estado democrático. Parece que en las últimas semanas, sobre todo con motivo de las elecciones, han aparecido plataformas de verificación de noticias y programas de televisión que inciden principalmente en ésta tarea; una reacción positiva a estas preocupaciones, y que espero se mantengan en el tiempo después del llamamiento a las urnas.

Al final, la supervivencia de la democracia recae sobre una sociedad que debe creer en ella, y que posea el suficiente pensamiento crítico como para  advertir qué tipo de declaraciones o comportamientos constituyen un ataque o una erosión a los principios en los que se sustenta.

Jamás acabaremos con los manipuladores ni estaremos curados ante la posible mala fe de algunos gobernantes, pero sí podemos exigir una mayor calidad en la información, podemos renunciar al click fácil y a las promesas de Estado utópico. Esto no va de cambiar ni de renunciar derechos, sino de mantener aquellos que se encuentran en peligro.

Dice nuestra Constitución que España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. Humildemente creo que nada de ello llegará a las generaciones futuras si los ciudadanos no contamos con información verificable suficiente para impedir que se nos manipule. En nuestra mano está evitarlo.

Escuela de Gobierno

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